martes, 13 de junio de 2017

Ninfas desnudas (parte 3)

»La segunda vez que la vi fue como la primera, al menos al principio. La oí reír y me giré, me indicó que la siguiera y lo hice. Parecía volar. Era preciosa. Perfecta. Un sueño. Bajo el vestido transparente se perfilaba un cuerpo maravilloso que apenas parecía sentir el movimiento de la muchacha, que corría, reía y cada poco se giraba y me pedía que la siguiera. Llegamos al borde del lago. Se detuvo mirando a las montañas del fondo del lago, por donde el sol comenzaba a ocultarse. Cuando la alcancé, se dio la vuelta, me miró y me sonrió. Traté de decirle algo, ni siquiera sé qué, pero ella me indicó que guardara silencio con un gesto que fue acompañado por el quejido del viento. Parecía que la naturaleza se acompasase con cada uno de sus movimientos. Se acercó a mí y posó su mano sobre mi mejilla. Quise besarla. Solo anhelaba poseerla, era un sentimiento superior a mí. Intenté besarla, pero antes de que llegase a rozar sus labios ella se desvaneció. Caí de rodillas al suelo, de nuevo devastado por los acontecimientos. No podía seguir así.
 »Volví a casa, más ausente que nunca. Sentía la necesidad irrefrenable de encontrarla y reunirme con ella. Trataba de sacarla de mi mente, pero era incapaz. Su imagen invadía cada segundo de mi vida, cada pensamiento, cada sueño. Me sentía extraño en mi casa, atrapado, porque aquel lago y aquella mujer se habían convertido, sin quererlo, en mi lugar feliz y necesario. Todo lo demás me deprimía, me abrumaba. Veía a Elena, veía cómo me miraba y sabía que tenía que olvidarlo todo, pero ya era demasiado tarde.
»Aquella noche soñé con ella. La vi corriendo, riendo, llamándome. La vi al borde del lago, la vi acariciarme la mejilla y la sentí. Aquella mañana no fui a trabajar, fui al lago. La esperé en la orilla que había desaparecido la última vez. Sentí que alguien me tocaba el hombro y me di la vuelta. Allí estaba. Me tomó de la mano y me llevó hasta el agua. La besé con temor de que desapareciera de nuevo, pero nuestras bocas se fundieron en un intenso beso que revolucionó todos mis sentidos. Sin mediar palabra se quitó el vestido y puso mi mano sobre su cintura. La miré a los ojos y vi que tenían un color extraño, contenían todas las tonalidades del lago, eran un reflejo de este. Ella se adentró más en el agua y se sumergió, me pidió que la siguiera y entonces lo entendí. Quise seguirla, pero no fui capaz, mis pies estaban anclados a la orilla, aún tenía algo que hacer.
»Volví a casa. Tenía que dejar testimonio de mi encuentro con tan bella y mágica criatura. Han pasado dos días desde mi último encuentro con ella y ya he tomado la decisión: he de volver, tengo que reunirme con ella, adentrarme en las aguas y sentir su cuerpo desnudo contra el mío. Debo darle mi vida». 

No hay comentarios:

Publicar un comentario