domingo, 4 de junio de 2017

Ninfas desnudas (parte 2)

Esperaba que en aquella libreta, en aquella especie de diario, se hallase la clave de lo que había sucedido. Empezó a leer: notas sobre cosas que tenía que hacer, ideas muy diversas que iban desde lugares a los que quería ir o listas de posibles regalos de cumpleaños hasta reflexiones sobre la importancia que le daba a cosas como el trabajo. No parecían las notas de un suicida, algo no cuadraba. Elena fue avanzando en la lectura y, entonces, al final del cuaderno, se topó con unos textos mucho más largos y más elaborados que el resto del contenido. Comenzó a leer:

«Aquel día en el lago, mientras pescaba, no podía llegar a imaginar cómo iba a cambiar mi vida en tan solo cuestión de unos minutos. Era un día tranquilo, apenas se oía el susurro del viento. Entonces escuché a alguien reír detrás de mí. Me giré y la vi. Me pareció una diosa intocable, un mero espectro que se burlaba de mí mientras me incitaba a jugar. Me levanté y la miré fijamente, me hizo un gesto con la mano indicándome que la siguiera. Era hipnótica. Se movía ágil entre los árboles, como si nada la retuviera, tenía la piel transparente y un fino vestido a juego. Traté de seguirla, pero pronto la perdí entre la maleza. Entonces, de golpe y sin motivo, la tristeza me invadió. Fue como si un tsunami devastara mis costas y ya nada tuviera sentido. Me quedé ahí, parado, desolado, tratando de convencerme de que todo aquello había sido un producto de mi imaginación, pero sabía, estaba convencido, de que lo que había visto junto al lago era real. Tenía que serlo. Necesitaba que lo fuera».

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