domingo, 28 de mayo de 2017

Ninfas desnudas (parte 1)

Elena regresó a casa tras varias semanas sin atreverse a pisarla siquiera. El recuerdo era demasiado doloroso. Cuando entró, no pudo contener las lágrimas, cada rincón de aquel lugar le hacía pensar en Paul. Todo estaba igual, solo una capa de polvo amenazaba con alterar el estado en que estaba aquello veinte días antes. Se acercó al escritorio de Paul dispuesta a escrutarlo minuciosamente en busca de alguna pista, de alguna motivación, para lo que había sucedido, aunque al momento dudó, sentía que violaba su intimidad. Pero, ¿qué más daba? Paul se había ido y no iba a volver, y no se había molestado en dejar una mísera nota con una explicación. Tenía que estar allí. Era el único lugar donde no habían mirado.
Empezó a mover las hojas que cubrían la mesa y, por accidente, derribó la fotografía de los dos que estaba sobre esta. Al recogerla del suelo, Elena se cortó la mano con el vidrio roto. «¡Mierda!» exclamó mientras rompía en lágrimas. Miraba la imagen, incrédula, mientras su sangre descendía lentamente hasta alcanzar el suelo. «¿Por qué? ¡Joder! ¿Por qué Paul? ¿Por qué me has hecho esto?» gritó. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba pronunciando aquellas palabras, para ella todo parecía un mal sueño del que, por alguna razón, no lograba despertarse. El charco de sangre que se había formado en el suelo la alertó y se apresuró a vendarse la mano para cortar la hemorragia. No se veía capaz de enfrentarse de nuevo al recuerdo de Paul. Lo odiaba, lo odiaba por haberle hecho eso, lo odiaba por no darle explicaciones y, ante todo, lo amaba más que a nadie.

Se recluyó en la habitación de invitados, era el lugar que menos recuerdos le provocaba. Se sentó en el suelo, apoyada contra la puerta, como si tratara de evitar que la imagen de Paul la alcanzara. Era inútil. Tras una hora ahí sentada, se decidió a continuar con su búsqueda. Volvió al escritorio, se sentó en la silla de Paul y miró cada papel sobre aquella mesa cuidadosamente. No encontraba nada, solo papeles de trabajo, cosas inútiles. Cuando estaba a punto de rendirse lo vio. En el suelo, entre la mesa y la pared, se vislumbraba la esquina de una libreta. Elena, con manos temblorosas, la cogió y la abrió. No leyó ni tres palabras, la cerró instantáneamente, como si de un reflejo se tratase, al ver que la letra era la de Paul. ¿De quién iba a ser si no? Respiró hondo y volvió a abrirla.