jueves, 3 de diciembre de 2015

Operación en(des)cubierta. (Parte 1)

Era verano. El calor había invadido la ciudad como no lo había hecho en años. Parte de la gente se apresuraba a refugiarse en sus casas donde el aire acondicionado o quizá el frío del refrigerador pudiera darles un descanso de aquella pesada sensación que no les daba una pausa desde hacía tres días. Otras personas, por el contrario, aprovechaban a pasear, siempre cargados con una botella de agua y vestidos con ropa fresca. Se podía ver fácilmente quién desentonaba en las calles de Gallep, solo había que fijarse en aquellos que no llevasen el equipamiento casi reglamentario de esos tórridos días.
Cuando Jean-Luc llegó a Gallep no podía imaginarse que las temperaturas fuesen tan extremas. Llevaba unos pantalones largos y una camisa azul clara de manga larga, sentía que la gente lo miraba cuando pasaba. Si hubiese llegado durante el día habría buscado lo antes posible una sombra en la que refugiarse del asfixiante calor, sin embargo ya había caído la noche y los termómetros aún marcaban cuarenta y dos grados. Miró el reloj, quedaban apenas siete minutos para que este marcase la hora convenida para la reunión, así que debía darse prisa. Caminó lo más rápido que pudo y, si bien en otras circunstancias no habría manifestado un comportamiento tan sospechoso, atravesó el gran arco que señalaba la entrada del parque prácticamente corriendo. Había decidido obviar que todo el mundo lo miraba hasta ese momento, pero en el parque debía despistar las miradas para poder llevar a cabo la reunión de la forma más secreta posible. En el parque no había demasiada gente, así que con tres o cuatro giros bruscos en los cruces de los distintos caminos que atravesaban el parque, logró deshacerse de toda persona a su alrededor. Se dirigió al punto de encuentro, pero allí no había nadie. Entonces, se acercó al banco que, refugiado por unos matorrales, había sido elegido como el lugar más apropiado para un encuentro de esa índole, y encontró una nota en la que ponía: «La discreción no es tu fuerte. Como has llamado demasiado la atención me veo obligado a cambiar la hora y el lugar de encuentro. Nos vemos a las 2.07 a.m. en la estatua del antiguo alcalde. No llames la atención y, sobre todo, no llegues tarde».  
Jean-Luc salió del parque con tranquilidad. Si no le había gustado la idea de reunirse en un lugar oscuro a las once de la noche, menos le gustaba la idea de hacerlo a las dos de la mañana. Con la misma calma con la que había salido del parque, fue hacia el hotel que había reservado. Tuvo que esperar largo rato en recepción porque, aunque había anunciado que llegaría durante la noche, esa no era la habitual hora de llegada de los clientes. Una muchacha rubia de aproximadamente veinticinco años llegó a atenderlo.
-          ¿Nombre? – preguntó.
-          Rivera, Pietro Rivera – contestó Jean-Luc con un acento forzado que trataba de imitar el italiano mientras sacaba un carnet de la cartera.
-          Bienvenido a nuestro hotel, señor Rivera. Veo que su estancia será únicamente de una noche, ¿es correcto?
-          Así es, señorita.
-          De acuerdo, su habitación es la 658, tal y como usted especificó, en la sexta planta con vistas al parque. El desayuno se sirve en el comedor a…
-          Muchas gracias – interrumpió Jean-Luc que cogió su llave y se alejó.

Jean-Luc subió a la habitación por las escaleras. Nunca había confiado en los ascensores y pensaba, además, que las escaleras ofrecían un gran ejercicio cardiovascular del que la gente que abusaba del uso de dichos aparatos era privada. Al llegar a la sexta planta se encontraba ligeramente fatigado, no tanto por la actividad como por la temperatura que ni siquiera el fuerte aire acondicionado del hotel lograba mitigar. Abrió la puerta cuidadosamente al mismo tiempo que sacaba una pistola del bolsillo interior de su chaqueta, y entró. Con la pistola empuñada y preparada para disparar en caso de que hubiera alguna visita inesperada esperándole en el interior de la habitación, comprobó cada rincón meticulosamente. Empezó mirando en el baño, tras las puertas, en el interior de la bañera. Después comprobó el resto de la habitación, primero los armarios y finalmente bajo la cama. Cuando tuvo la certeza de estar solo, sacó unos prismáticos de su mochila y los dejó sobre la mesa que había junto a la ventana. 

3 comentarios:

  1. Holaa lindo blog, y me ha gustado lo que has escrito :)
    ¿nos seguimos?
    http://entrefrasesyversos.blogspot.com/

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  2. ¡Hola! Me ha encantado la entrada, soy nueva en blogger, así que me encantaría que te pasases por mi blog literario para ver qué te parece y si te gusta, quédate porfa. http://tintasobrepapelmojado.blogspot.com.es/


    Un beso y muchísimas gracias.

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  3. ¡Te he nominado al premio Best Blog! Pásate por mi blog Marta Entre Líneas para que veas la nominación :)

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