sábado, 26 de septiembre de 2015

¡Charlotte, Charlotte! Juegos del destino (Cuarta parte)

-          Yo hice lo que me pediste, Charlotte, por mucho que me pesase. Cesé en mi empeño de verte, aunque sin ti mis días se volvieron las noches más lúgubres y tenebrosas, y mis noches se volvieron pesadillas tormentosas que acrecentaban mi preocupación por ti. No obstante, a pesar de que yo mantuve las distancias y evité ir a la cafetería o frecuentar el teatro, la vida no tardó en hacer que volviéramos a encontrarnos. Supongo que podríamos decir que fue el destino, porque si una cosa puedo afirmar después de todo este tiempo es que nuestras vidas estaban destinadas a cruzarse continuamente pero nunca a seguir el mismo camino.
La fortuna nos sonrió en ese encuentro, pues ambos nos hallábamos lejos de casa. Cuando te vi no podía creer que estuvieses ahí y sentí el impulso inmediato de acercarme a ti y decirte de todas las formas posibles cuánto te había extrañado. Sin embargo, temía que siguieses en tu empeño de mantenerme lejos de ti y decidí no aproximarme. Entonces te giraste y, al verme, corriste hacia mí y me abrazaste. «Gracias» susurraste, te pregunté por qué y me respondiste que te había infundido el valor necesario para atreverte a intentar tu sueño, que por eso estabas allí aquel día.
Recuerdo los días en esa ciudad como unos de los más maravillosos de mi vida. Después de recibir aquel cálido abrazo, obtuve el coraje para invitarte a un café en un establecimiento que había en el parque, junto al estanque de los patos. Tras eso paseamos durante horas, tú ibas agarrada de mi brazo y yo volvía a tener la sensación de estar soñando. ¡Qué maravillosa y efímera sensación! Tú sonreías constantemente, parecías igual de feliz que yo. Nunca antes te había visto tan feliz como en ese momento y en ese lugar y creo que jamás volví a verte así.
Aquella noche, cuando te dejé en la puerta de tu habitación del hotel finalmente me atreví a darte el beso que tanto había codiciado. Fue un beso suave, temeroso de ser rechazado pero a la vez osado, tímido pero impulsivo. Y tú, ¡oh, Charlotte!, tú no te apartaste, sino que lo correspondiste con esa misma suavidad, timidez y osadía que yo había empleado.  Fue el mejor beso de toda mi vida, te lo aseguro.

Sara, la enfermera del señor Coetlles, se hallaba tan prendida de la historia del anciano que ni siquiera se había dado cuenta de la hora que era. Una de sus compañeras se acercó a ella y le indicó que era la hora de que el señor Coetlles se acostase. Sin darse cuenta había pasado horas sentada junto a David escuchando la magnífica historia de Charlotte.

-          Señor Coetlles – dijo la enfermera.
-        ¡Oh, Charlotte! ¿A qué se debe tanta formalidad? No me llames así, por favor, me partes el corazón.

-          De acuerdo, David… Es hora de que se acueste, pero le prometo que mañana volveré para que me siga contando la historia de… - se quedó pensativa, sabía que el señor Coetlles reaccionaría mal si afirmaba que ella no era Charlotte – para que me siga contando nuestra historia. 

4 comentarios:

  1. Me ha gustado, iré mirando las otras partes para enterarme mejor!! un saludo

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  2. Esto que va en plan microcuento como Mónica Carrillo?

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    1. Tengo algunos microcuentos, pero esto es un fragmento de una historia que voy subiendo cada cierto tiempo. De hecho, hay una sección en el blog dedicada exclusivamente a esta historia. :)

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  3. Me ha gustado. Parece interesante la historia. Seguiré.

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