lunes, 27 de julio de 2015

¡Charlotte, Chalotte! (Tercera parte)

Te busqué por toda la ciudad, pero fue completamente inútil pues ni siquiera conocía tu apellido. En realidad no sabía nada sobre ti, excepto que estaba enamorado de ti a pesar de que habíamos hablado apenas dos horas. Yo era uno de esos locos que creían en el amor a primera vista. ¡Cuán diferentes éramos y cuán próximos llegamos a ser! Los siguientes días iba a la cafetería con la esperanza de encontrarte y después paseaba hasta el teatro y me sentaba en un banco a contemplar el edificio, mientras imaginaba que llegabas, te sentabas a mi lado y me dejabas tocar con timidez tu pequeña y fina mano. Soñaba contigo todo el día, sin importar si dormía o estaba despierto. A veces preferimos vivir la realidad que nosotros mismos creamos en nuestra mente, en lugar de la que el resto ve.
Era domingo, la gente estaba muy bien ataviada para ir a la iglesia. Yo, sin embargo, lo estaba para ir a sentarme en una cafetería y perderme en mis pensamientos, para perderme en ti. Cuando entré, te vi y no pude sentirme más feliz. Estabas diferente, algo había ocurrido en aquellos días de ausencia. Incluso tu forma de andar era distinta. Cuando te aproximaste a mi mesa me sonreíste de forma forzada y me preguntaste distante qué quería. «¿Qué te pasa?» pregunté. «¿Qué desea tomar?» repetiste. Yo te supliqué que me explicases que sucedía, pero tú te limitaste a hacer tu trabajo como si no me conocieras. Quise creer que tras los días de ausencia sin justificar tu jefe se había enfadado y las cosas estaban tensas en el trabajo, pero esperaba que me dejaras una nota como la otra vez. Sin embargo, no lo hiciste. Salí de cafetería, la realidad me había caído como un jarro de agua fría.
Me alejé de la cafetería con un dolor punzante en el corazón y decidido a no volver a pasar por ahí. Quise irme lo más lejos posible de ti y empecé a idear un viaje, pero cinco minutos más tarde me pareció el pensamiento más absurdo de toda mi vida. Miré el reloj, en unas horas saldrías de trabajar y yo, ¡oh, Charlotte!,  yo tenía que estar ahí para que me explicases qué diantres había sucedido y dónde habías estado. Años después, con más perspectiva, me di cuenta de que debía parecer un loco que te acosaba, pero tú eras la causa de mi maldita locura.
Cuando saliste de trabajar yo te esperaba en la esquina. Me pediste asustada que me marchara y yo te supliqué que me escuchases. «Sé que crees que me amas, pero no puede ser David» exclamaste mientras tratabas de zafarte de mí. Yo te agarré el brazo y tú expresaste un gemido de dolor. Te solté creyendo que te había lastimado, pero no había sido yo.
-          ¿Qué te ha pasado, Charlotte? ¿Qué tienes en el brazo?
-          Tienes que irte, tienes que alejarte de mí. Por favor – Vi como las lágrimas comenzaban a brotar de tus preciosos ojos y me asusté.
-          ¿Qué pasa? Dímelo, por favor.
-          No puedo. Déjame – te agarré de nuevo y levanté la manga de tu chaqueta. Tenías el brazo completamente magullado.
-          ¿Quién te ha hecho esto?
-          Por favor, no vuelvas a acercarte a mí. Te lo suplico.
Corriste calle abajo, como si tuvieras miedo de mí, pero lo que en realidad temías era que te vieran conmigo. Cuando te aproximaste en  la cafetería me percaté de que llevabas la cara cubierta de maquillaje y me extrañó, pero no comprendí porqué cubrías tu belleza natural con potingues hasta que vi tu brazo. Si llevabas maquillaje no era por estética, era para cubrir los golpes.

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