sábado, 2 de mayo de 2015

Relato de terror

Estaba cubierta por el polvo. Podía apreciarse que nadie se había sentado en aquella vieja mecedora durante años, pero aún podía palparse el sentimiento que la impregnaba. Gala recordaba a su abuela allí sentada a diario cosiendo prendas rotas o tejiendo bufandas para el invierno. Cuando la abuela hubo fallecido, su madre se empecinó en sacar aquella silla del salón y dejarla abandonada a su suerte en aquel húmedo desván, pero cuando su madre se fue aquel día, Gala decidió recuperar la mecedora y colocarla en su habitación, a pesar de la escasez de espacio que allí había. Cuando trató de levantarla no fue capaz, pesaba más de lo que recordaba, así que la arrastró sobre la ruidosa madera del desván que crujía a cada paso que daba. Al llegar a la habitación se paró durante unos segundos a contemplarla y acto seguido se dispuso a quitar el polvo que la cubría. En el momento que hubo acabado de limpiarla, aquella mecedora parecía otra completamente nueva. Gala se sentó en ella y se balanceó, en apenas unos minutos se durmió. Se despertó ya acaecida la noche y se preguntó si ya habría llegado su madre. Salió de la habitación en su búsqueda, nadie había llegado aún. Se dirigió a la cocina, la oscuridad se había hecho dueña del lugar. Encendió la luz de la estancia, pero esta tintineaba. Su madre, al igual que había hecho su abuela anteriormente, tenía por costumbre dejar notas pegadas en la nevera, así que comprobó si  le había dejado un mensaje allí. Gala se sobresaltó cuando una rama de un árbol golpeó la ventana. En el exterior llovía a raudales y había vientos casi huracanados. Durante un momento la ausencia de su madre la inquietó y decidió comprobar los mensajes del contestador de la casa, tampoco había ninguno. Se fue a su habitación y se recostó en la cama acompañada por un libro que había adquirido la tarde anterior. La bibliotecaria la había mirado extrañada cuando lo cogió y había añadido que nadie había cogido ese libro en años. Gala se hallaba inmersa en la lectura cuando alguien comenzó a llamar insistentemente a la puerta, bajó las escaleras con el pensamiento de que probablemente fuera su madre que había olvidado las llaves. 
Para su sorpresa cuando abrió la puerta no había nadie allí. Pensó que había sido producto de su imaginación. Entonces, en el momento que iba a cerrar la puerta, vislumbró algo a pocos metros de la casa. Cogió el abrigo que estaba colgado junto a la puerta y salió para indagar qué era aquello. Encontró un pequeño cachorro que gemía porque se había herido la pata, lo recogió y entró con el animal en la casa. Secó al pobre y empapado animal y lo subió con ella a su habitación. Seguía inquieta, a la espera de alguna noticia de su madre. Comprobó su móvil, pero no tenía cobertura, Gala lo achacó a la tormenta.
Las horas pasaban y cada vez se angustiaba más, no era normal que su madre tardase tanto en llegar de trabajar. Empezó a pensar que con el temporal que hacía fuera podría haber tenido un accidente de coche, empezó a pensar lo peor. Las ramas de los árboles golpearon de nuevo la ventana y el cachorro se escondió entre los brazos de Gala. Los relámpagos eran la única iluminación del exterior, el cielo estaba completamente oscuro. Los truenos sonaban y el cachorrito se asustaba más y más, ella trataba de calmarlo, pero la tormenta se hacía cada vez más fuerte e incluso ella comenzaba a asustarse.
La luz se apagó, ya no había corriente eléctrica. Gala con el cachorro en una mano y su móvil en la otra a modo de linterna, trató de abrirse paso hasta la sala de estar donde su madre guardaba las velas. No había terminado de bajar las escaleras cuando se escuchó el sonido de la puerta de entrada cerrándose de golpe. «¿Mamá?» llamó, pero no obtuvo respuesta. Su corazón palpitaba cada vez con más intensidad y su paso, cada vez más temeroso, había descendido de velocidad. Una sensación de inseguridad y temor la invadió. «¿Mamá? ¿Estás ahí?» volvió a llamar, con la esperanza de que el ruido hubiera sido su madre y ésta no hubiese oído su primer llamado. Algo cayó contra el suelo cerca de la entrada. Gala retrocedió y, calmadamente, tratando de no haber ruido y sin desviar la mirada de la primera planta, volvió escaleras arriba. Escuchaba los pasos acercándose, eran pesados, definitivamente no eran los de su madre. Su respiración se aceleraba a la vez que ella intentaba conservar la calma. Alcanzó la cumbre de las escaleras y, una vez estuvo en la segunda planta, echó a correr hacia su habitación y se encerró. Ya no se oían los pasos o quizá no podía oírlos por la sonoridad de sus palpitaciones.


El silencio se apoderó de la casa. Entonces el viento volvió a estrellar las ramas del árbol contra la ventana, esta vez con tal intensidad que el cristal acabó por quebrarse. El silencio se fragmentó a la vez que el cristal. Gala no estaba sola en aquella casa, ni siquiera en aquella habitación. La puerta del armario comenzó a abrirse lentamente, las bisagras chirriaban, pero Gala no veía nada. Otro relámpago iluminó el cielo y, en una fracción de segundo, vio lo que había en su armario. Era su madre o, al menos, lo que quedaba de ella. La imagen la aterrorizó, tenía los ojos muy abiertos, las cuencas estaban vacías. «¿Te gusta mi regalo?» le susurró una voz a su oído derecho. Fue lo último que escuchó. 
Cuando las encontraron, el perro, sentado en la mecedora, custodiaba con gran celo los ojos de la que, por querer ayudarlo, había caído en la trampa de su dueño y había muerto.

2 comentarios:

  1. Me quedo por aqui que me gustan los relatos y estos tuyos pintan muy bien. Animo con ellos, un beso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Rocío. Siento la tardanza en la respuesta. Un abrazo :)

      Eliminar