lunes, 11 de mayo de 2015

Estragos.


Puso la cabeza sobre su pecho. Hacía demasiado tiempo que no sentía el calor de su cuerpo contra el suyo ni podía escuchar cómo su corazón latía con una calma apaciguadora. Echaba de menos aquellos días en los que se abrazaban constantemente y abundaban las muestras de cariño, las risas por cualquier tontería y los "eres preciosa" aunque acabase de levantarse y estuviera completamente despeinada.
Los años habían causado muchos estragos en su relación y el matrimonio, junto con la llegada de los dos pequeños, los cambios de humor y el estrés constante, habían abierto una grieta enorme entre ellos. Parecía que toda conexión pasada era inexistente, no había ningún vinculo aparente además de unos papeles y unos niños que lloraban constantemente por sus peleas. Ya no tenían nada en común ni trataban de tenerlo. El ambiente de aquel hogar, si podía denominarse hogar, era nocivo para todos los que allí habitaban.
Él cada vez pasaba menos tiempo en casa y sus ausencias prolongadas solo causaban más angustia en los niños y más discusiones cada vez que él llegaba. Las sospechas de que su marido se refugiaba en los brazos de otra mujer crecían cada vez que este utilizaba la frase "hoy llegaré tarde, las cosas se han complicado en la oficina". Sin embargo, ella trataba de engañarse a sí misma o simplemente ignoraba estos pensamientos alegando que si se marchase sería algo traumático para los pequeños.  Sabía que la mentía, sabía que él ya no la quería.
Aquella noche, al poner la cabeza sobre el pecho del que años atrás había sido su apasionado amante, se percató de que, cuando ella deslizaba la mano por su torso desnudo, él ni siquiera se inmutaba, su latido permanecía completamente regular. Fue entonces cuando se dio cuenta de que en realidad no le importaba, ya no. Sabía la verdad desde mucho tiempo atrás. Aquella farsa había durado demasiado tiempo, así que se levantó, cogió a sus hijos y se marchó.





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