domingo, 26 de abril de 2015

Romanticismo.

Antes me encantaba escribir textos en los que primaba el romanticismo, textos cargados de palabras que quizá pudieran conmover a un lector medio. Textos llenos de letras, pero vacíos de sentimientos. Textos en los que un ideal amoroso te lleva a escribir desenfranadamente, pero que cuando los lees piensas "yo no soy así".
No soy romántica. Soy capaz de pronunciar un cúmulo de palabras bonitas carentes de originalidad, de las que escuchas en las películas o lees en los libros. Esas frases que suenan tan bonitas cuando las dice otro y tan falsas cuando tú las pronuncias. Y sabes que suenan falsas no porque tú no tengas esos sentimientos, sino porque son las palabras de otro. No son las tuyas y por eso nunca, aunque se aproximen, van a expresar con exactitud tus sentimientos. Ni siquiera tus propias palabras serían capaces de expresarlos, porque los sentimientos en palabras se pierden, queda quizá un rastro del sentido que tenían en tu mente, pero no tienen la misma pureza. Y es que los sentimientos no se dicen, los sentimientos se muestran. Se muestran con una mirada, con una caricia, con el roce suave contra los labios de quien amas, pero nunca con palabras. Las palabras son fugaces y están vacías, no son más que un conjunto de letras que con otro orden tienen otro significado. ¿Qué pasa si cambias el orden? Amor se convierte en Roma, se convierte en armo, se convierte en mora. ¿Qué pasa si cambiamos de idioma? Amor, amour, love, lieben, amore... En cambio el sentimiento, qué palabra tan bonita y tan abstracta, este es el mismo sin importar el idioma. Un beso, una caricia, una mirada, un suspiro, eso no cambia.
El amor es más complejo que las palabras.

Esta es la razón por la que ya no me gustan esos textos en los que prima el romanticismo. La cursilería ya no me conmueve. Necesito que vaya más lejos de las palabras, pues solamente estas no pueden capturar ni un pequeño pedazo de mi alma.

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