martes, 28 de abril de 2015

Perdición.

Las horas pasaban y, mientras la noche se sumergía más en la penumbra, tú te aferrabas a una copa de whisky barato, de esas que saben mal e incluso revuelven tu estómago. Rememorabas viejos tiempos, todas batallas perdidas y, las menos, algunas ganadas. 
Los años de guerra habían sido duros, habías visto cosas horribles que el alcohol no lograba eliminar. Las mujeres que pasaron por tu cama sabían que no te podrían enamorar, que la historia no iba a durar.  Ellas se marchaban y tú te quedabas en soledad, añorando el cariño y el calor efímero que aquellas te proporcionaban. 
Estabas perdido, cada vez más hundido, querías hallar algo en lo que creer. Sin embargo no encontrabas qué. Dios había muerto en tus pensamientos, la guerra lo había matado junto a muchos de tus compañeros, y no creías en nada. La fe había muerto. Quisiste creer en la familia, pero no la tenías. La guerra, otra guerra, se los había llevado a ellos antes que a tus compañeros. 
Buscaste refugio en los brazos de más mujeres y de más botellas de indiscriminados alcoholes. Lo que al principio era un refugio tornó en adicción y ya no podías salir de ahí. 
Tu cuerpo comenzó a llenarse de cicatrices que no recordabas cómo habían llegado ahí. Las peleas en los bares y después en las calles. Tus manos llenas de cortes y cristales incrustados de tantos vasos rotos por la rabia que te llenaba al mismo tiempo que la botella se vaciaba. 
Muchos trataron de salvarte, pero acabaste por desaparecer. La gente se preguntaba si estarías mendigando por otro whisky barato en algún bar o en alguna calle tirado, o si estarías muerto y nadie lo sabía. Pero el que conocieron no existía, era la sombra de alguien que había muerto mucho antes, alguien a quien las guerras habían aniquilado. Tú lo sabías, sabías que ya no eras ni siquiera un reflejo distorsionado de quien habías sido y, mucho menos de quien habías querido ser. Por eso no lo dudaste y saltaste. Sentiste el frío metal de las vías antes de que todo se apagase y, supiste entonces, que el calvario había terminado. 

2 comentarios:

  1. Enhorabuena, Jessica, me ha gustado el relato, tu forma de describir la miseria, la soledad, y la desesperación. Un relato acertado, corto, pero contundente. A veces menos es más, y has empleado las palabras justas, ni más, ni menos. Un beso, te seguiré leyendo. Michèle

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    1. Muchísimas gracias Michèle :)
      Ya sabes que ahora mismo no tengo demasiado tiempo, pero en cuanto vuelva a tener vida de nuevo, prometo leer todo lo que tenga atrasado en tu blog.
      Un beso!

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